Definición

Definirse es limitarse. Así partió mi día. Cuando las monjas me perseguían por lesbiana, yo no tenía claro si lo era. Era feliz estando de polola con esa amiga, nos queríamos, tan chicas y hasta pensábamos en formar familia. Nos queríamos mucho. Pero el eslogan «lesbiana» nunca me gustó. Entonces, profesoras y monjas me preguntaban si lo era y yo, cortesmente, respondía que no estaba en edad para tenerlo claro. Han pasado al menos diez años de eso. Luego de aquella experiencia tuve un pololo y luego otro y así. Pero, aún enamorada de hombres, nunca dejó de parecerme bien tener una relación con otra mujer. Y aunque ya no habían monjas, ni profesoras ni la psicóloga preguntando, no había en mi intención de «definirme». Supongo que me acostumbré tanto a decir que no sabía, que terminó siendo costumbre o algo así, y hoy, a poco de cumplir veintiséis, sigo creyendo en el absurdo de que no sé si soy una cosa o la otra u otra diferente. Aunque, quizás, no es que no sepa, si no que no quiero saber ni enfrentarme a decirlo, porque no creo que sea importante. He sido una convencida de que el amor es perfecto por si mismo, por lo tanto no debemos encasillarlo, ya que desde ahí le ponemos barreras ridículas que sólo sirveb para limitar ¿Por qué es relevante definirse en este aspecto? ¿Es, acaso, necesario sentar a los padres, amigos, familia, conocidos y decirles «hey, soy hétero» (o lo que sea)? No puedo aceptar que tenga que ser de ese modo, que sea lo esperado ponerse la camiseta por una palabra que significa muy poco.Hoy, quizás buscando explicar esto mejor, le dije a Andrés que me gustan los humanos, porque una parte de mi no se quiere hacer cargo de una etiqueta que no quiero llevar. Porque el límite no lo pongo yo, si no la misma sociedad que exige, que presiona, para que todos entremos en categorías ordenadas. Nadie, absolutamente nadie, debiese dejar que una palabra lo defina, que un sentimiento o deseo explique su realidad. Si no sé quien soy yo ¿Cómo puedo definirme? La etiqueta está demás. Que el amor sea el que hable, todo lo otro es sólo vocabulario.

Verdad

De chica me decían que no tenía filtro, que era incapaz de suavizar las cosas, o bien, de acomodar las palabras para agradar a otros. Mi madre sufrió grandes vergüenzas a causa de esto, en especial cuando mis tíos preguntaban en navidad o cumpleaños si me había gustado el regalo. Vale decir, era una niña, pero una niña que había seguido al pie de la letra el decir la verdad. Tanto así, que cuando me preguntaron por qué no quería sentarme al lado de Paul, respondí tajante «porque es negro». Extraño… mi madre insiste en que nunca me crió recista, pero esas cosas no se crían con la palabra, eso no lo entiende ella. En fin. La educación, el tiempo y muchas otras cosas me hicieron cambiar. Por supuesto, mi racismo infantil se transformó radicalmente y, por qué no, mi absoluta fidelidad a la verdad también. No se trata de ser un mentiroso, si no de entender que cada suceso, cada acción, cada cosa, puede ser mirada de tantas infinitas y diferentes formas que , a fin de cuentas, existen muchas verdades. Verdad es que si el río suena es porque piedras trae, verdad es que mas vale pájaro en mano que cien volando, verdad es que la verdad no existe. Ya no creo en «la verdad», pues esta, en si misma, resulta contradictoria. Pero eso no es absoluto, claro está. Cuando alguien dice que esto o aquello es verdad, lo primero que pasa por mi mente son el millón de posibles verdades tras eso. El otro día una amiga me contaba que, en verdá, cuando la Melissa llegó con el mismo vestido que la Johanna a la gala, se quería morir, porque a pesar de que, en verdá, la Melissa era más flaca, en verdá, la Johanna se veí mucho más mina. Es que en verdá yo le creo, porque mi amiga es lesbiana y en verdá sabe de esas cosas. Existen tantas personas involucrándose y conviviendo a cada instante que resulta difícil determinan lo que es «la verdad». Bien, entonces, simplista dirán algunos, o todo es verdadero o todo es falso, o te enojas o te alegras. La verdad, es que yo no sé mucho de eso ¿O si?. Ven y cuéntame la verdad, ten piedad; dice Mon. Podríamos añadir entonces que la verdad es todo aquello que no es mentira. He allí el asunto, cuando pasamos al plano del comprobar. Pero, en verdá,  a mi eso no me importa mucho, porque andar de investigadora por la vida no es mi vocación, si es que alguna tengo, y porque mi madre me dijo que la verdad podía guardarse para el momento propicio, porque una cena en el restaurante no es adecuada para decirle unas cuantan verdades a mi papá. Así, yo caché de qué hablaba cuando me dio por decir «la verdad» cuando estaba curá, porque esa verdad era muy distinta a la mía. Pero, volvamos al incio ¿Quién soy yo? No era yo, era un importor. Cuando le dije a mi ex que lo engañé, pensé que estaba contando la verdad, pero la vedad es que yo no quería contarle y pienso que Mon no tiene razón con eso de la piedad. A veces la verdad no es piadosa, al menos eso lo supo la mamá de Paul cuando escuchó de boca de una pendeja de siete años que no se quería sentar al lado de su hijo por su color de piel. Pero la verdad es que yo era una niña que no sabía nada acerca del mundo… y dice Alex que vale más decir la verdad, quizás duele menos que muchas mentiras.

Buen día.

La vida es terrible cuando piensas en ella todo el tiempo, cuando le das más vueltas a las cosas de las que deberías. Es entendible que Buda proponga el desapego, porque desde allí no existe necesidad de nada y, por tanto, la iluminación es evidente. No puedes trascender si estás arraigado a deseos, pero eso da lo mismo. Quizás estemos destinados a reencarnar una y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez, y nunca agotarse de dar la misma vuelta, porque siempre será maravillos hacerlo. De todos modos, no tiene caso intentarlo, al menos eso pienso en este instante, cuando el desapego es lo último que tengo en mis manos, cuando deseo conseguir un trabajo o algo así y me esmero porque aquellas cosas que «quiero» sucedan. Porque nada pasa si no te mueves, si no cambias, si no te arriesgas. Hay que cruzar el río, dicen; pero quizás Buda no querría cruzarlo y se hubiese quedado donde siempre, quién sabe, se supone que dejó a su mujer e hijos para buscar el nirvana. Yo no abandonaría ni a Andrés ni a Juan Carlos, pero, quién sabe, si ha algo que sabe escupirte mil veces en tus propios dichos es la vida. Te mira y te dice, ah, ok, pensabas que no, pero si y mírate ahora. Y te miras al espejo, porque no tienes otro modo, encontrándote con una figura desconocida, nueva, abstracta, que necesitas volver a componer y es allí, justo allí, cuando entiendes que debes perderte para encontrarte. Como Alicia, que cayó en las garras febriles de la fantasía para simplemente plantearse frente al espejo ¿Quién eres tú?. La verdad es que no sé qué respondería Buda a esta interrogante, ni yo puedo responderla en este momento. Si no soy mi nombre, ni mi cuerpo, ni mis anhelos, ni mis logros, ni mis derrotas, ni mis alegrías, ni mis problemas, ni mis gustos, ni disgustos, entonces, probablemente el dicho lo haya tenido claro desde mucho antes, porque es algo que se repite constante y sonante y lo recuerdo como un hachazo sobre la cabeza en esos momentos en que no hay nada que decir, porque, efectivamente, «no somos nada». Quién lo diría ¿Qué diría Buda de esto?